martes, 21 de septiembre de 2010

Teresa - Capítulo 10

Riendo como niños, salieron al jardín y se perdieron detrás de la casa. Se tomaron de la mano, ella con la intención de llevarlo hacia los establos, pero él la estiró hacia su enorme y fuerte cuerpo y la aprisionó en sus brazos, besándole el hombro, abrazándola sin pudor alguno.
—Ahhh, osita. Estás tan suave y blandita sin ese corsé que te aprisiona. —le dijo Daniel pasando sus manos por la cintura y las caderas de ella.
—¡Me siento libre! —respondió ella riendo, mandando su cabeza para atrás, como gritándole al viento.
—Mmmm, me gustaría comprobar qué tan libre estás, —y le besó el cuello expuesto a su vista. —¿Dónde vamos?
—En el galpón de las herramientas. Es un depósito y hay un entrepiso donde nosotros solíamos jugar cuando niños, era como nuestra «casita en el árbol» ¡Vamos ahí!
Y corrieron tomados de la mano, escondiéndose para que ninguno de los criados los vea entrar. Era un lugar oscuro y cerrado.
Daniel frunció el ceño.
Ella rió.
—El entrepiso solía estar mejor, mi amor, y tiene una ventanita que da al exterior, hay una escalera marinera por aquí, ven.
Daniel encontró en el camino unos pequeños fardos de paja y levantándolos, los tiró arriba, hacia el entrepiso.
—Nuestro colchón, —y le guiñó un ojo.
—Buena idea. Sube.
—Sube tú primera, osita. Yo te ayudo.
—Mejor sube primero tú y me ayudas a llegar desde arriba. —Le daba cierto pudor subir delante de él sabiendo que estaba desnuda debajo de sus ropas.
El sonrió y asintió, entendiendo su dilema.
—Creo que es lo mejor, así me dejas verificar el lugar antes de que subas. No deseo que nos encontremos con alguna sorpresa.
Subió por la pequeña escalera, abrió ligeramente la ventanita para que entre un poco de luz, verificó la solidez del piso de madera, esparció la paja en el piso y se acercó para indicarle que subiera.
Apenas asomó su torso, él metió las manos debajo de sus brazos y la levantó fácilmente, aprisionándola contra su pecho, sin que toque el suelo.
Ella rió, emocionada.
—Ay, mi amor, eres tan fuerte. —Y le pasó los brazos por el cuello.
La apoyó en el piso y con un gemido de placer casi agónico, inclinó la cabeza y la besó. Ella se derritió ante su contacto. Su boca, su cuerpo, toda su suavidad presionando aquellas partes suyas que más lo deseaban. La aceptación de la necesidad de sus cuerpos hizo que cualquier idea que no fuera el hambre abandonara la cabeza de Daniel. No podía recordar la diferencia entre lo que le habían enseñado que estaba bien o mal. Sólo podía desear, sólo podía adueñarse del momento y no dejarlo ir.
Entró profundamente en su boca, necesitando degustarla, reclamarla, saciar su deseo desde que la había tocado por última vez. Cuando él le mordisqueó los labios y la lengua, ella emitió un ruido asustado.
—Ohhh, Dani… —le dijo ella contra sus labios, —cada día me muestras algo nuevo. Hay tantas cosas que tengo que aprender.
—Yo te enseñaré, osita, todo lo que quieras saber, te enseñaré lo que es morir de placer —dijo, con la garganta apretada. —Pero sólo hasta cierto punto antes de casarnos y si me prometes que esto quedará entre nosotros.
—Te lo prometo, mi amor. Enséñame.
La tomó por las nalgas sobre el vestido, la levantó hasta su entrepierna y siguió besándola. Aquella presión añadida hizo que su erección latiera tan intensamente que llegó a hacerle daño. No conseguía obligarse a abandonar su boca, ni siquiera pedir disculpas por su rudeza. Por una impaciencia que ya no podía controlar. Pero a ella parecía gustarle.
La apoyó de nuevo en el piso y fueron bajando lentamente, hasta el colchón de paja que él había preparado. La recostó lentamente mirándola en todo momento y se puso a su lado, ordenándose mentalmente ser más suave con ella, dominar su ímpetu.
—Quiero verte, —le susurró ella.
Rápidamente, el se desabotonó la camisa y se la sacó, casi desgarrándola, para volver a su lado, muy cerca de ella y mientras acariciaba su torso con dedos temblorosos, maravillada de verlo por primera vez desnudo de cintura para arriba, él le bajó las mangas y el frente de su vestido para dejar al descubierto sus pechos plenos, grandes y firmes.
Tomó en sus labios la ardiente plenitud de su seno, lamiéndolo, mordiéndolo suavemente, mojándolo. El pezón apuntaba firme hacia él, se lo sopló y se endureció aún más. Con un susurro, le preguntó:
—¿Lo sentiste? ¿Sentiste el deseo en tus pechos? ¿Entre tus piernas?
Ella asintió con la cabeza, temblorosa, y él la besó de nuevo como recompensa. La besó hasta que su cabeza retumbaba al unísono con su miembro, hasta que su pasión le brotó del pecho con un gruñido primitivo y animal. Siguió acariciándole los senos, pinchando la sensible punta, arañando suavemente la aureola hinchada con las uñas. Ella comenzó a retorcerse contra la trampa de su cuerpo, no para escapar sino para obtener más. Él sabía lo que sentía. ¡Oh, cuánto lo sabía! Bajó la cabeza hasta sus senos y le mordió una punta suavemente.
Mientras tanto, una de sus manos fue levantando poco a poco su falda, hasta que tuvo acceso a sus piernas desnudas. Acarició su sensible piel, y levantó la vista para apreciar lo que había desnudado. Sus piernas eran largas y curvilíneas, cerró los ojos con un espasmo de deseo, subiéndole aún más la falda hasta dejar al descubierto lo que más añoraba conocer.
—¡Ay! —dijo ella asustada, —Ay, Dios mío…
Él sonrió cuando vio que sus dedos se cerraban en su puño, y entonces deslizó las manos hacia arriba. «Su osita era una mujer sensible, —pensó él, —un violín bien afinado». Apoyó la sien contra su cadera y sopló suavemente a través de los hermosos rizos negros que cubrían sus pliegues. Su estremecimiento le provocó más placer que otro de sus gemidos.
—Cumpliste lo que prometiste, osita. Ahora yo cumpliré lo que te prometí.
Los muslos le temblaron cuando él los acarició y los abrió ligeramente. Ahora podía olerla, un suave y dulce olor. Con el corazón desbocado, buscó con la boca los rizos tupidos. Ella se tensó pero no se movió. Él sintió que lo esperaba con el aliento entrecortado. Le peinó sus vellos con la mano para poder acariciar sus pliegues y descubrir su secreto oculto. ¡Qué dulces eran aquellos secretos, y qué placer que ella los compartiera con él!
Suavemente, acarició el tierno lecho de vellos, delicadamente, hasta que sus caricias la convencieron para relajarse. Abrió más sus muslos para apreciar mejor su centro y pasó el pulgar, ligeramente, por encima del tímido y cálido pliegue de sus labios. Teresa estaba mojada. La humedad bañaba su piel y la de ella. Que él tuviese el poder para despertar esa reacción en Teresa lo hacía a la vez humilde y lo excitaba.
Al no oír protestas, separó sus pliegues con los dedos, frotando hacia dentro y hacia arriba. Su piel ahí era sedosa como el satén, lubricada por el deseo. Teresa dio un salto cuando él le rozó el clítoris. Volviendo a sonreír, él lo presionó ligeramente, con la yema de los dedos apretando en ambos lados. Su recompensa fue un violento estremecimiento. Ella dejó caer una mano sobre él como si quisiera detenerlo y, en seguida, con la misma rapidez, la retiró.
—¿Estás seguro de que es ahí donde tienes que estar, mi amor? —preguntó jadeante.
—Estoy seguro, mi dulce osita —rió él, y la apretó aún más fuerte. Esta vez, ella gimió. —Éste es el secreto del placer de la mujer. —Y ella gritó cuando él cubrió con la boca aquella confluencia de nervios. Teresa inclinó las caderas hacia delante, con un apetito inocente. Daniel sintió que la sangre le rugía en las orejas. Con la lengua, él siguió rozándola. Con los labios, la chupó. Deslizó los dedos y frotó su sexo hinchado.
—Oh, Dani… —exclamó ella, y lanzó la cabeza hacia atrás. —¡Casi duele!
Él no prestó atención a las palabras, sólo al tono, y ella estaba gozando. La hizo subir por la colina hasta el clímax saboreando cada sorpresa de ella, cada gemido de deseo. Daniel ansiaba su placer como un hombre hambriento ansía la comida. Ésta era Teresa. Ésta era la mujer que él amaba.
Llevando las manos a sus nalgas, para apretarla más contra su boca, recurrió a todos sus conocimientos para llevarla hasta la cima del éxtasis. Cuándo empujar, cuándo provocar, cuándo murmurar cosas que quería hacer. Escuchaba su cuerpo por sobre todas las cosas. Sus temblores le decían lo que le agradaba, la tensión de sus muslos, su mano cada vez más apretada contra su cabeza.
Ese acto le pertenecía sólo a ella. Cuando experimentó la pequeña muerte, su alma se sintió exultante ante su grito. Deslizó un dedo en su abertura, para sentir las contracciones en su interior cuando con la boca la hizo gozar una vez más y otra vez. Podía parar, le había enseñado lo que había prometido. Pero no quería dejarla ir. Esto era lo único que tendría de ella por ahora. Aquel primer conocimiento de su cuerpo. La primera introducción al goce de Teresa.
Quería hacerlo tan memorable como fuera posible.
—Para, mi amor, por favor, para… no puedo más. —Le rogó, casi gritando.
Se incorporó hasta ella, todavía con la mano muy quieta apoyada sobre sus rizos, abarcando todo su centro, para tranquilizarla.
Pensó que Teresa se quedaría tendida, rendida. Pensó que solo la estrecharía mientras se calmaba. Pero al parecer, ella no quería calmarse. Se retorció contra su cuerpo y le mordió el cuello. Sus labios despertaron en él un pulso desbocado.
—Enséñame más, mi amor —pidió. —Enséñame cómo puedo darte placer a ti, necesito tocarte yo también.
Aquello era una demanda que él no se atrevía a satisfacer. Emitió un rugido grave a la altura del pecho. Ella se incorporó sobre él y volvió a insistirle:
—Enséñame —Su larga cabellera negra caía sobre ambos y los envolvía en una cascada de fragancia a jazmín.
—No me pidas eso, osita —dijo, con los dientes apretados, tocando su pelo. Puedo perder el control. —Y le besó los pezones que estaban muy cerca de su boca.
Cuando ella, tímidamente acarició y besó su pecho y fue bajando la mano hasta la erguida cresta que amenazaba con rasgar su pantalón, oyeron unos gritos en el exterior, que iban haciendo cada vez más fuertes a medida que se aproximaban:
—¡Teresa! ¡Teresa! —eran Serena y Anna.
—¡Indiecitaaaaa! ¿Dónde estás? —gritaba Joselo.
—Sepárense, —dijo Anna. —Así abarcaremos más.
Ambos se incorporaron al unísono.
—¡Dios mío! Tenemos que salir de aquí inmediatamente. Ellos conocen este escondite.
Se acomodaron las ropas en segundos y bajaron rápidamente. Él primero, y la esperó abajo para ayudarla.
—Espera, osita, estás llena de paja.
Trataron de limpiarse lo mejor que pudieron y salieron por la pequeña puerta trasera del cobertizo, corriendo y riendo cruzaron hasta los establos y lo rodearon, para hacer como si estuvieran llegando del invernadero.
 —Espero que no hayan buscado todavía por aquí, —dijo Teresa riendo casi a carcajadas.
Los dos estaban jadeando por la carrera, escondidos detrás de los establos.
—Todo lo que me haces hacer, mi dulce osita. —respondió él sonriendo. —Tranquilicémonos primero antes de verlos.
Y como si estuvieran conectados, se dieron un pequeño pero apasionado beso. Y sin pensarlo, solo expresando lo que sentía en ese momento, ella le dijo en un susurro:
—Te amo, Daniel.
Él la miró y sintió que el corazón explotaba en su pecho. Era la primera vez que ella se lo decía tan abiertamente.
—Osita, yo…
—¡Teresaaaa! —el grito de Anna muy cerca de ellos lo interrumpió, aunque todavía no podían verla.
—Hora de actuar, —dijo Daniel. Tomó su mano y la puso en su brazo, saliendo desde detrás del establo, caminando tranquilamente.
—¿Qué es lo que pasa, Anna? —le dijo Teresa tranquilamente, como si nada hubiera pasado.
—¡Dios mío, Teresa! ¿Dónde estaban? Llevamos buscándolos casi media hora.
—Fuimos a caminar cerca del invernadero. Joselo se quedó dormido y Serena fue a no sé donde, entonces decidimos dar un paseo. ¿Pasa algo malo?
Anna frunció el ceño.
—Mmmm… espero que no. —Y le sacó un resto de paja del cabello, mostrándoselo como evidencia.
—¿Qué te pasa, amiga? No estábamos haciendo nada malo, —y soltándose de Daniel, la llevó lejos, estirándola del brazo y le dijo en tono más bajo: —Pareciera que el matrimonio en vez de ampliar tu mente, te hizo más mojigata. Sabes cuales eran mis planes, ¿no?
—Eso es justamente lo que me preocupa, Tere. —Anna suspiró. —Creo que tus planes pueden escaparse de tu control. Por favor, no me hagas responsable de tus locuras. Si algo llegara a pasar en mi casa, no me lo perdonaría y menos aún tus padres o tía Sofi. Y Alex tampoco.
Teresa la abrazó.
—Te quiero, amiga. No pasó nada, tranquilízate. Soy muy feliz, no destruyas mi dicha con tus gritos y reprimendas, ¿sí?
—Ay, Tere… ¿qué voy a hacer contigo? —dijo Anna poniendo los ojos en blanco.
—Solo quiéreme, —le dijo riendo, y le dio un beso en la mejilla.
Se abrazaron y así fueron caminando hasta la casa, seguidas de Daniel, que volvía a respirar tranquilo, y miraba a su prometida contorneando las caderas frente a él, imaginando sus nalgas desnudas debajo de sus faldas.
A pesar del enredo posterior «La experiencia valió la pena», pensó Daniel, complacido y todavía sintiendo el olor y el sabor de Teresa en sus labios.
Continuará...

lunes, 20 de septiembre de 2010

Teresa - Capítulo 09

El resto de la tarde y noche ya no pudieron estar solos, cuando volvieron de visitar los jardines, deseosos el uno del otro, se incorporaron al juego de cartas que duró hasta la hora de cenar.
Teresa no podía dejar de mirarlo. Todo en él le parecía insólito, era como si estuviera descubriéndolo de nuevo, reconociéndolo. Y todo lo que veía en él le gustaba cada vez más. Se sentía como si estuviera enamorándose de él de nuevo.
A Daniel le ocurría lo mismo, la miraba y veía en ella a la mujer apasionada que estaba conociendo y no podía creer en su buena suerte. Las reacciones de ella ante sus avances lo dejaron grata y satisfactoriamente sorprendido. A él le gustaba tener el control y descubrió sorprendido que ella, a pesar de su carácter fuerte, se prestaba a todo lo que él deseaba.
Esperaba ansioso verla mañana y comprobar si realmente era capaz de llevar a cabo lo que le había pedido y ella había accedido sin chistar. Y estaba dispuesto a constatarlo con sus propias manos. ¡Que Don Augusto le perdone! Pero ya no podía resistir más.
Casi a medianoche Anna y Alex manifestaron su cansancio y anunciaron que se retiraban. Por supuesto, Daniel iba con ellos.
Teresa los acompañó hasta el carruaje para despedirse, y preguntó a la pareja:
—¿Pueden jugar a los sordos, ciegos y mudos un rato, chicos?
Anna la miró sorprendida.
Alex rió y ayudó a su mujer a subir, casi empujándola.
Apenas Anna y Alex estuvieron dentro del carruaje, Teresa se lanzó a los brazos de su prometido y él la recibió gustoso. Se mezclaron en un profundo abrazo y se besaron apasionadamente, ávidos el uno del otro.
Anna estaba con el ceño fruncido, casi asomando la cara en la ventanilla, queriendo ver qué ocurría fuera.
—No mires y relaja esa cara, cielo, sólo se están despidiendo —le dijo Alex en voz muy baja ya acomodados dentro del carro y rodeándola con el brazo. —Te vas a arrugar antes de tiempo si sigues así.
—No puedo disimular, es más fuerte que yo. La veo más entusiasmada que nunca, temo que cometa una locura. Quisiera poder decirle lo que vimos, no quiero que haga nada irreparable.
—Amor, no puedes tener el control de todo.
—Si puedo. Voy a hablar con Serena y Joselo mañana. Aunque no les cuente lo que vi, no voy a permitir que se queden solos ni un segundo de estos días que seguiremos aquí, y ellos van a ayudarme.
—No te metas, cielo…
—Alex, tú no puedes entender lo que Teresa, Serena y Joselo significan para mí. Son la familia que yo he elegido, aparte de ti son lo único que tengo en este mundo y haría lo que fuera por ellos. Me voy a meter todo lo que yo quiera y considere oportuno.
Alex solo suspiró y se relajó. Sabía que era inútil discutir con su mujer cuando había tomado una decisión.
Al rato entró Daniel y se acomodó frente a ellos, con semblante satisfecho y casi sonriente. Anna frunció el ceño más aún, si era posible, y Alex escondió la cara de ella en su cuello, abrazándola, para que su enojo no fuera evidente frente a su invitado.


Al día siguiente, Teresa remoloneaba en la cama. Serena ya se había levantado y estaba vistiéndose.
—¡Arriba, dormilona! —le dijo risueña.
—Mmmm, ya voy… déjame un rato más. —No quería que Serena la viera vistiéndose, ni que se diera cuenta de que obviaba ciertas prendas en su vestuario.
Una vez que Serena se retiró, Teresa despidió a la criada que las ayudaba a vestirse, diciéndole que la llamaría más tarde cuando la necesitara. Y sonriendo pícaramente se levantó de la cama y se vistió sola.
Serena estaba en el salón con su madre y Joselo, desayunando.
—¿Qué van a hacer hoy, hija?
—No tenemos nada planeado, madre. Creo que Alex todavía está inspeccionando la hacienda, así que nos quedaremos todo el día en La Esperanza.
—¿Y Daniel lo acompañará otra vez?
—No lo sé, madre. Probablemente sí. —le dijo para que se tranquilizara.
—Si se queda con ustedes, no dejen de vigilarlos. —Y miró a su hijo, que estaba escondido detrás del periódico, leyendo. —¡Joselo! ¿Me escuchas?
—Mmmm, sí, madre… vigilarlos. —Contestó Joselo. —Cuenta con ello. Nada le pasará a mi indiecita mientras yo esté alrededor.
—¡Como si pudieras contra Daniel! —Serena rió a carcajadas, —te dobla en tamaño y altura.
En eso entró Teresa.
—¿Están hablando de mí? —Y saludó sonriente, aunque un poco cohibida, se sentía casi desnuda y le daba la impresión que todos se darían cuenta de su osadía. —Buen día tía Sofi, buen día Joselo.
—Buen día, hija.
—Hola indiecita, ¿Cómo amaneciste?
—Bien, dormimos como troncos, ¿no es así, Sere?
—Así es, —contestó Serena sonriendo.
Terminaron de desayunar y partieron hacia La Esperanza. Teresa insistió en ir caminando, alegando que hacía un día estupendo y todavía no hacía mucho calor. Aunque en realidad no se animaba a trepar a un caballo sintiéndose casi desnuda.
—Más tarde les mando el carruaje, chicos. Vayan, tiene razón Teresa, hace un día espléndido para caminar. Diviértanse y pórtense bien. —les dijo tía Sofi despidiéndose.
Apenas llegaron vieron a Daniel en la galería que rodeaba la casa, sentado en la hamaca de madera leyendo el periódico.
Él levantó la vista y ladeó la boca casi en una sonrisa. Vio acercarse a Teresa, contoneando levemente sus caderas, con esa gracia innata en ella al caminar y se la imaginó desnuda debajo de su vestido. Su entrepierna se tensó inmediatamente.
«¡Será un día muy caluroso!», pensó.
Se levantó para recibirla.
—Buen día, chicos. —Saludó en general. Tomó la mano de Teresa y besó dulcemente sus dedos. —Buen día, osita. —le dijo en voz baja.
Ella sonrió y bajó la cabeza, ruborizándose.
Lo veía tan guapo, tan relajado, como nunca antes lo había visto. Se había vestido informalmente, con una camisa sencilla y sin chaqueta.
—¿Ya desayunaste? —le preguntó Teresa, sentándose en la hamaca junto a él.
—Sí, hace bastante. Me levanté casi al mismo tiempo que Alex. A Anna todavía no la vi.
—Voy a buscarla, —anunció Serena.
—Aquí estoy, buen día a todos, —dijo Anna asomando a la galería, no había bajado antes porque sabía que Daniel estaba solo y no quería encontrarse con él. —¿Me acompañan a desayunar?
—¡Claro! —dijeron al unísono Serena y Joselo.
—Nosotros nos quedaremos aquí, si no te molesta, Anna, —dijo Teresa, guiñándole un ojo.
—Para nada, —contestó Anna, que justamente lo que quería era hablar a solas con Joselo y Serena.
Una vez sentados a la mesa, abordó el tema sin dilación:
—Chicos, tenemos que vigilar a esos dos.
Ambos la miraron intrigados, Joselo dijo:
—¿También tú? Mamá nos hizo la misma recomendación ¿Por qué esa urgencia de vigilarlos?
—Solo háganme caso, no tenemos que dejarlos solos mucho tiempo en ningún momento.
—¿Cuál es el problema? —preguntó Serena.
Anna, que había prometido a su esposo no decir nada, se excusó con lo primero que se le ocurrió:
—Lo veo a Daniel muy suelto y relajado, distinto de lo que normalmente es. Y a ella muy entusiasmada por ese cambio. No quisiera que cometa una locura. Yo sé lo que ocurre cuando una está enamorada y hasta donde es capaz de llevarnos esas, mmmm… pasiones.
Serena se ruborizó. Joselo rió y dijo:
—Te estás volviendo una anciana. Cuenta conmigo, mami.
Anna rió y le arrojó una servilleta.
En la terraza, Teresa y Daniel estaban sentados muy juntos, tomados de la mano. Apenas vieron desaparecer a sus amigos, él acercó sus labios a los de ella, le dio un suave beso y la saludó como si recién la viera.
—Buen día, mi dulce osita.
—Hola mi amor ¿cómo amaneciste?
—Mal, lo único que pienso es en poder amanecer contigo en mis brazos, desnudos, haciendo el amor.
Teresa se tensó ante esta revelación. Su entrepierna desnuda palpitó. «Él si sabe cómo mantenerme excitada, es un maestro» pensó.
—¡Santo cielo! Eso sería fabuloso, —contestó y se acomodó a su costado. Él pasó una mano por sus hombros y la abrazó, besándola en la frente. —Cuéntame más…
Y él le relató al oído todo lo que le gustaría hacerle. Estuvieron largo rato abrazados, prodigándose mimos, diciéndose palabras cariñosas, hasta que Daniel le hizo la pregunta que llevaba queriendo saber desde que la vio:
—¿Me complaciste en lo que te pedí, osita?
Y ella, que estaba aprendiendo del mejor, pasó la mano por su pecho, sobre la camisa, la deslizó lentamente hasta su estómago y le susurró en su oído:
—Tendrás que averiguarlo por ti mismo, mi amor.
—Será un placer para mi, cariño —le contestó, pasándole la lengua por los labios, abriéndolos para él.
Daniel puso el periódico sobre su regazo, para tapar la evidencia de su excitación, antes de levantar la otra mano hacia el rostro de ella y profundizar el beso.
—Ejem, —carraspeó Anna.
Ambos se soltaron inmediatamente. Teresa sonrió, sonrojada y Daniel, visiblemente avergonzado de que los hayan encontrado en esa situación, pidió disculpas:
—Lo siento, Anna. No queríamos faltar el respeto a tu casa. Sólo estábamos saludándonos.
Anna frunció el ceño.
Serena y Joselo reían en su interior.
—A Anna no le importa, ¿no es así, amiga? —le dijo Teresa, mirándola son expresión de complicidad.
—De hecho, sí me importa, —contestó Anna todavía ceñuda. —No quiero que tu madre o tía Sofi me hagan responsable de nada, Tere.
Teresa la miró con expresión interrogante. No entendía que le pasaba a su amiga. No pudiendo con su genio respondió:
—¿Qué te pasa, Anna? ¿Acaso te has vuelto una mojigata?
—Mojigata no, Tere, solo sensata.
Joselo intervino:
—Bueno, chicas. No ha pasado nada. Olvídenlo. No discutamos por esto.
—Sí, mejor planeemos qué haremos hoy. —dijo Serena para suavizar la situación. —¿Qué tal un paseo a caballo hasta el pueblo?
—Alex vendrá a almorzar con nosotros, no nos va a dar el tiempo para ir y volver. —Contestó Anna, —anoche no se sintió bien y durmió mal. Me dijo que volvería pronto a descansar.
Luego de interesarse por la salud de Alex e intercambiar pareceres sobre las actividades que podían realizar todos juntos, decidieron quedarse en la hacienda y no hacer nada.
Teresa y Daniel no lograron estar solos en todo el resto de la mañana, por más que lo intentaron.
Cuando Alex volvió, almorzaron. Era evidente se sentía mal, estaba pálido y fruncía el ceño. Apenas probó bocado y decidió ir a descansar. Anna lo acompañó, no sin antes hacerles señas a Serena y a Joselo para que no pierdan de vista a los enamorados.
Estaban descansando en la sala, cuando Serena se excusó y fue al cuarto de aseo. Luego de un rato, Joselo se quedó profundamente dormido en el sofá.
Teresa y Daniel, con mirada cómplice, sonrieron y dejaron el recinto sin hacer ruido.
Continuará...