viernes, 3 de septiembre de 2010

Anna - Capítulo 13

Anna estaba tomando el té con Serena y Teresa. Hacía dos semanas que volvió a la hacienda “La Esperanza”, donde había pasado su niñez y adolescencia. Fue en busca de «algo» que no había encontrado. En su ingenuidad pensó que volver allí solucionaría todos sus conflictos interiores, que allí encontraría la paz que necesitaba, que volvería a ser una niña sin problemas.
¡Craso error!
Aprendió que los conflictos interiores, vaya donde vaya, siguen ahí. Se dio cuenta que había crecido, que ya no era una niña y nunca más volvería a serlo. Eso se lo debía a Alex, la había convertido en una mujer, con los sentimientos y emociones a flor de piel, los anhelos y deseos propios de una adulta. No sabía si agradecerle u odiarlo por eso.
¡Já! No podía odiarlo… nunca, lo amaba.
Desde esa mañana en la hacienda de los Allegro, Alex solo se dirigió a ella con monosílabos cuando era estrictamente necesario. Hicieron todo el camino de vuelta a la capital en silencio. Fueron las diez horas más incómodas de su vida.
Anna no tenía idea de cuál fue la excusa que Alex les dio a sus amigos para volver antes de tiempo, pero Ámbar, intuitiva como era, se dio cuenta de que algo estaba mal, porque cuando se despidieron le dijo al oído: «No me creo un pito lo que Alex nos dijo, pero sea lo que sea que haya pasado, se solucionará, no te preocupes»
Anna le sonrió con tristeza, asintió con la cabeza y se despidió de todos.
Pero desde el día que habían llegado no había vuelto a ver a Alex. No estuvo ni dos días en la capital cuando volvió a “La Esperanza”, trayendo a Teresa y mama Chela con ella. Sabía por una de las criadas de la hacienda, que escribía lo que Petri le dictaba, que él no había pisado nunca más la casona. ¿Dónde estaría viviendo? ¿Habría vuelto a su casa de soltero? Era lo más probable.
Legalmente, todo eso le pertenecía a él por matrimonio. Pero lo conocía, era demasiado orgulloso para aceptar vivir allí.
Serena revoloteaba todos los días por la hacienda, pero hasta la fecha ninguna había logrado sacarle una confesión. Anna sabía que no podía contarle a dos jóvenes solteras los detalles de lo que había vivido con Alex, y estaba segura que querrían saber todo. Pero necesitaba hablar con alguien, estaba malhumorada y taciturna. Si no se desahogaba iba a explotar.
Decidió que se los contaría.
—Anna, sabes que puedes confiar en nosotras, —le decía Serena, —dime, amiga… ¿qué es lo que te pasa?
—Tuve problemas con Alex.
—Me imaginé que era eso. ¿Qué tipo de problemas? —preguntó Tere.
Sin entrar en detalles se los contó, dudaba que sus amigas entendieran, porque habría que estar en su pellejo para sentir la tensión vivida esos días en la finca, el deseo, el anhelo, la intimidad compartida y la frustración.
Una vez que terminó el escueto relato, Serena le dijo:
—Pero no entiendo, Anna… es tu marido, ¿por qué te negaste a tener intimidad con él?
—Porque no es un matrimonio de verdad, ustedes lo saben, solo fue un acuerdo de negocios. Vamos a divorciarnos en poco menos de seis meses.
—Acuerdo de negocios o lo que sea, es un matrimonio de verdad. Yo no me creo que él se haya casado contigo solo para que tú controlaras tu  herencia. Ese hombre está enamorado de ti. —aseguró Tere.
—Sus motivos fueron otros, a él le importa un rábano mi herencia.
—¿Y cuáles fueron esos motivos, según tú? —preguntó Sere.
—Estaba harto de la persecución de las mujeres, y de su madre, que quería casarlo a toda costa. Esa fue su explicación. Con nuestro matrimonio, él podía hacer su vida tranquilo, sólo tenía que ser más discreto, además iba a tener el control de la empresa.
—¡Já! —rió Teresa. —Amiga, esa es una pobre excusa. Un hombre no se casa por esos motivos. Alex tiene demasiada personalidad como para poder sacarse de encima a unas cuantas mujeres, incluida su madre. Eso es cuento Chino, nena. Y lo de la empresa, lo mismo iban a seguir manejándola.
—Yo tampoco nunca me lo creí, —dijo Serena. —Si ese fuera su motivo, ¿por qué querría divorciarse después de dos años? No tiene sentido.
—En todo esto hay mucho más de lo que dices de boca para afuera, Anna, —replicó Teresa, —¿sabes sinceramente que creo?
—¿Qué? —dijeron las otras dos al unísono.
Teresa miró a Anna a los ojos y le retrucó:
—No existe otra explicación coherente para el hecho de que estés pasándolo tan mal porque él haya dejado de hablarte: creo que tú te has enamorado de Alex.
Serena abrió los ojos como plato y miró también a Anna.
Y ahí estaban las dos, mirándola fijamente, esperando una respuesta. Ella ya lo había admitido a sí misma, ¿qué más daba contárselo a sus amigas? Bajó la vista al piso y afirmó:
—Pues sí, lo amo con locura.
Serena se acercó a ella y la abrazó.
Teresa, tan práctica como siempre, le dijo:
—¿Y qué carajo haces aquí, entonces? Te creía más inteligente. Debería estar allá, luchando por él, en su cama, si es posible. ¿O acaso no sabes que el arma más potente que tiene una mujer es su entrepierna?
Serena lanzó un aullido y se ruborizó.
Pero Anna, que había vivido esas experiencias con Alex, sabía que Teresa tenía razón, había visto el poder que tiene una mujer sobre un hombre en la intimidad. Asintió levemente y dijo:
—Ya me di cuenta…
—Uhhhh, —se rió Teresa, —también en esa afirmación hay mucho más que lo que nos contaste.
—¿Sabes que a veces te odio porque siempre tienes la razón? ¿Hay algo que a ti se te escape? —le dijo Anna con una sonrisa, sintiéndose mejor aunque sea momentáneamente.
—No creo que quiera oír ese tipo de confesiones… —dijo Serena cohibida.
—No seas mojigata, Sere. Algún día tienes que aprender, no vas a llegar al matrimonio siendo una bobalicona que no sabe complacer a un hombre. —le dijo Teresa.
—Así como estoy, amiga, creo que nunca llegaré a casarme, así que eso no me afecta. Mejor que no sepa nada. —dijo Serena con tristeza.
—¿A qué te refieres, Sere? —preguntó Anna, sintiéndose tremendamente egoísta al darse cuenta que su amiga también tenía sus propios problemas y ella, tan inmersa en los suyos no se había dado cuenta.
—¿Qué hombre voy a conseguir aquí, en medio de la nada? Todos los jóvenes casaderos que pudieran haber los conocemos desde niños, son como nuestros hermanos, además, todos están estudiando en la capital. No tengo ningún futuro aquí, más que el de cuidar a mis padres cuando sean viejos y yo una solterona, hasta mis dos hermanos ya se fueron y yo sigo aquí. —Dijo Serena con tristeza.
—Eso tampoco es problema, mi querida amiga, —afirmó Teresa. —Te vienes a pasar una larga temporada con nosotras en la capital y nos encargaremos de conseguirte una fila de admiradores.
Anna sonrió, pensando que a veces le gustaría ser tan práctica como Teresa. Todo para ella era tan sencillo, no se hacía problemas por nada. Pero de repente se puso a pensar, que realmente tampoco sabía a ciencia cierta si la actitud tan peculiar de ella no era solo una fachada.
—Tienes razón, Tere, —afirmó Anna. —Y ahora me pregunto, ya que has solucionado todos los problemas del mundo… ¿tú, tienes alguno que quieras compartir con nosotras?
—¿Yo? —dijo Teresa, —mi único problema en este mundo se llama Daniel Lezcano y ya lo conocen de sobra, no vale ni la pena hablarlo. Lo que un comienzo me gustó de él: su seriedad, estabilidad, seguridad, ahora ya no lo soporto. A veces quisiera estrangularlo para hacerlo reaccionar y me pregunto si realmente tiene sangre en las venas o le corre agua.
Se refería obviamente a su prometido. Todas rieron con su ocurrencia, y el ambiente se tornó más distendido. Siguieron conversando, despotricando de todo aquello que llevara pantalones, en general y otros en particular. No quedó títere con cabeza.
Después de semanas volvía a sentirse mejor, le había hecho bien hablar con sus amigas.
En la intimidad de su dormitorio, a la noche, Anna decidió que debía volver a la capital. Se estaba comportando como una cobarde, estaba huyendo del problema, cuando lo que tenía que hacer era enfrentarlo.
No tenía idea de qué iba a hacer, pero trataría de solucionar las cosas con Alex. Por lo menos lograr de nuevo su amistad. Luego ya vería como se sucedían las cosas.
Y como todas las noches, cerró los ojos pensando en Alex, ahora sus fantasías eran muy diferentes a cuando era más niña, y abrazando su almohada se fue quedando dormida con una sonrisa.


En la capital, las cosas no estaban mejor que en la hacienda.
Desde que Anna lo dejó, Alex había dado un vuelco de ciento ochenta grados en su vida de nuevo. Volvió a su casa de soltero y a su vida pasada antes de que Anna apareciera.
Salía casi todas las noches de «juerga» con sus amigos solteros. Buscaba olvidar lo vivido con Anna, olvidarla a ella. Pero todas eran unas pobres sustitutas de lo que él quería, como nada ni nadie lo satisfacía, se emborrachaba para olvidar.
Sabía que no podía seguir así, ese tipo de vida ya no lo satisfacía. Y estaba faltando al acuerdo que tenía con Anna.
Ayer se había enterado por su secretario, que manejaba todos sus bienes y se encargaba tanto de los de él, como los de ella, que había vuelto a la casona. Le carcomía la curiosidad saber el motivo de su venida, pero no iba a mover un solo dedo. Ella no lo quería, lo había dejado muy claro. Todavía amaba al «viejo», y «nunca lo iba a olvidar», según sus propias palabras.
Estaba en la oficina, con una tremenda resaca de la noche anterior, revisando unos papeles sentado en su escritorio, cuando levantó la vista hacia la puerta y la vio.
 Su corazón se aceleró solo con verla. Estaba tan hermosa en su vestido verde claro con florecitas, parecía tan serena e inocente.
—Hola Alex, —dijo suavemente. Más relajada de lo que en realidad se sentía, por dentro era puro nervios.
—Vaya, vaya… —dijo Alex levantándose, dirigiéndose al frente de su escritorio y apoyándose en él. —pero si ha vuelto la huidiza Anna. Que sorpresa.
Ella no esperaba que la recibiera con los brazos abiertos, obviamente, quizás esperaba monosílabos de su parte, o que no quisiera hablar con ella, pero  definitivamente no el sarcasmo que sentía en su voz.
No le iba a seguir el juego. Ella no quería pelearse, quería arreglar las cosas con él, para eso había ido hasta allí.
—Llegué ayer... ¿cómo estás? —dijo con suavidad. Se acercó.
«Conversación intrascendente, puedo hacerlo», pensó él.
—Bien, Anna… ¿y tú?
—Ehh… no muy bien, —contestó bajando la vista, se estaba poniendo nerviosa por la actitud tranquila y sarcástica de él. Al ver que él no respondía, pasó la yema de los dedos por la pulida madera del escritorio y continuó: —me he sentido muy mal por todo lo que ocurrió entre nosotros y la forma en que nos despedimos… yo…
—No hubo despedida. Solo huiste.
Anna levantó la vista, lo miró y le respondió:
—Sí, lo sé. Hice mal, Alex. Pero de verdad necesitaba ese tiempo a solas. He aclarado mis ideas. Me siento mejor ahora.
—Me alegro por ti. —Le dijo Alex con amargura, para él fue un infierno. ¡Dios, necesitaba una copa! Fue hasta el pequeño bar en una esquina del despacho y se sirvió un whisky. Se volvió hacia ella y le preguntó: —¿Quieres tomar algo?
—No gracias… y tú tampoco deberías beber, Alex… ni siquiera es mediodía.
—No tienes ningún derecho a decirme lo que puedo o no puedo hacer, Anna.
«Anna, solo Anna», ya no se refería a ella con palabras cariñosas como «cielo» ó «amor»
—Soy absolutamente consciente de eso. Sólo te lo digo como amiga… ¿Porque somos amigos, no Alex? —Se acercó a él con cautela, podía ver que tenía ojeras, y parecía que había bajado de peso.
 
—Yo no quiero ser tu amigo, Anna… dime a que viniste y terminemos con esto, estoy ocupado.
Ella tragó saliva y con nerviosismo le dijo:
—Quiero que vuelvas a la casona y que todo vuelva a ser como antes.
—Eso no es posible, ¿alguna otra cosa que desees?
Ella recurrió a la única arma que se le ocurrió:
—Tenemos un acuerdo…
—No sabía que eras tan rígida, Anna. Cuando te conocí me pareciste una persona muy abierta, muy accesible. Los acuerdos pueden re-negociarse.
—Yo no quiero re-negociarlo. Me gusta tal cual está.
—Y se cumplirá, no te preocupes, solo que no viviré contigo.
Eso sería una tortura para él. Ya lo fue durante más de un año, no estaba dispuesto a seguir, menos aún después de lo que habían compartido. Saber que a la noche los separaba solo un muro, imaginarla durmiendo a unos pasos de él. No, no era posible. Ya había hecho el papel de estúpido durante demasiado tiempo. Era suficiente.
—Alex… por favor, —suplicó ella acercándose a él y posando una de sus manos en su pecho.
Él la apartó suavemente y volvió hasta su escritorio.
—Si no tienes nada más que decirme, voy a seguir con lo que estaba haciendo. Buen día, Anna… espero que tengas una feliz vuelta a casa.
Él vio que los ojos de ella estaban vidriosos, como a punto de llorar, pero bajó su cabeza para que no la viera. «No sientas pena por ella, Alex», se dijo a sí mismo.
Anna se giró despacio y salió del despacho.
«Me lo merezco», pensó.
Alex apoyó sus codos en el escritorio, y sosteniendo la  cabeza en sus manos, se dijo a sí mismo: «No quiero hacerle daño, no quiero que se sienta mal, pero ya no puedo seguir con esto, se acostumbrará. Cumpliré lo que prometí, pero lejos de ella»
Anna fue hasta el despacho de su padre, ahora el de ella, se sentó en el escritorio y lloró hasta que ya no le quedaron lágrimas.
Una vez que se hubo tranquilizado pensó: «Tiene que haber alguna forma de recuperarlo». Y miró el despacho.
«Pues bien, si no puedo tenerlo en la casa conmigo, él me tendrá aquí con él, todos los días». Y una sonrisa asomó en sus labios.
Sin querer, los roles se habían invertido.
Como quien dice: “Se había dado vuelta la tortilla”

Continuará...

jueves, 2 de septiembre de 2010

Anna - Capítulo 12

A mitad de la noche Anna despertó gimiendo con un fuerte dolor de cabeza.
—Ohhhh… Dios Santo. —Susurró. Sentía que tenía el peso del mundo entero sobre su cabeza.
Alex, que la tenía abrazada de espaldas a él, despertó cuando la sintió moverse y quejarse.
—¿Estás bien, cielo? —le preguntó preocupado, acariciándole suavemente el pelo.
—Mi cabeza me va a explotar, Alex… mmmmm.
—Voy a ver que tengo para eso, amor… mamá Chela nos llenó de potajes para cualquier eventualidad… espérame. —Se levantó rápidamente y fue a hurgar en el baúl. Tomó un vaso del escritorio, donde había una jarra con agua y se la trajo.
Se sentó a su lado, gloriosamente desnudo, la incorporó y le dio el medicamento. Ella gimió al moverse, y la sábana que la cubría se desplazó hasta su estómago, dejando al descubierto sus hermosos y cremosos senos.
Él suspiró.
Ella, medio adormilada como estaba, no era consciente de su desnudez. Pero aparentemente, el miembro de Alex no respetaba a una mujer enferma. Se había despertado totalmente. «Tiene cerebro propio», pensó Alex con un estremecimiento.
Una vez que tomó la medicina, la recostó suavemente, la cubrió de nuevo, le dio un beso en la frente con dulzura y se acostó de nuevamente a su lado. Ella no se acercó y él tampoco la buscó.
Luego de unos minutos de silencio, Anna, al darse cuenta que estaba desnuda bajo las sábanas, se asustó. A partir de cierto momento de la noche todo lo ocurrido estaba envuelto como en una nebulosa. Esperando no haber hecho nada de lo que pueda arrepentirse, preguntó en voz baja:
—¿Qué pasó, Alex?
—¿Que pasó de qué, cielo?
—No recuerdo nada después del último baile, todo es borroso.
—Me di cuenta que estabas mareada, y te traje a la habitación, nadie se enteró, no te preocupes.
Silencio.
—¿Por qué estoy desnuda? —preguntó de pronto.
—Tú sola te desnudaste, amor… yo no tuve nada que ver con eso.
Alex sonrió, recordando ese momento.
—Pero… ¿y después? ¿Qué pasó aquí, en la cama?
Pensando que con una broma iba a relajar el ambiente, dijo risueño:
—Ufff, el tiempo se detuvo, el mundo explotó y nosotros hicimos el amor como los dioses, hasta saciarnos.
—Ohhhh… —gimió Anna, llevando ambas manos a la boca y sintiendo que la cabeza iba a explotarle.
Al darse cuenta de su turbación, se aproximó a ella y la acunó en sus brazos. Ella apoyó ambas manos en su pecho, mirándolo en la penumbra, con sus ojos asustados.
—Cielo, ¿qué crees que soy? Estabas borracha. No iba a aprovecharme de ti en una situación así. Nada pasó. El día que hagamos el amor vas a estar totalmente consciente y dispuesta, te lo aseguro. Y además lo disfrutarás, lo disfrutaremos.
—Oh, Alex, lo dices como si fuera nuestro destino.
—Y lo es, Anna. Hoy, mañana, dentro de una semana, un mes o un año, no lo sé. Pero estaremos juntos. Te lo prometo.
«Pero solo nos quedan seis meses», pensó ella.
Alex le dio suaves besos en los ojos cerrados, en la nariz. Se acomodó de espaldas y la atrajo hacia él, de modo a que su cuerpo quedó parcialmente sobre su torso.
Escuchando los suaves latidos de su respiración, fue quedándose dormida de nuevo.


Anna despertó de nuevo casi al amanecer.
Miró a Alex, que dormía profundo, roncando suavemente. Sin hacer ruido se levantó sigilosamente de la cama, se puso el salto de cama, se lo anudó, fue hasta el cuarto de aseo y luego se acercó a la ventana a observar el horizonte.
El dolor de cabeza había remitido, aunque todavía sentía el estómago revuelto. Se sentó en el alfeizar de la ventana, subiendo ambos pies, abrazándose las rodillas y apoyando la barbilla en ellas.
Miró el paisaje: «El amanecer en el campo», eso era algo muy familiar para ella. Extrañaba la hacienda, a Serena y tía Sofi. Extrañaba su vida anterior, sin problemas ni preocupaciones.
A partir de la muerte de su padre, su vida entera se puso patas para arriba. Se sentía como en un carrusel que nunca paraba. Vivir en la ciudad era sinónimo de dar vuelta y vueltas y no llegar nunca a ningún lado. Quizá debería volver un tiempo a la hacienda, para ordenar sus ideas.
Eso significaba dejar a Alex.
Miró hacia la cama. Dormía plácidamente, estaba de costado hacia ella, casi boca abajo, con la cabeza sobre su almohada y una de las manos apoyada sobre la de ella. Su torso desnudo estaba descubierto, una de sus piernas dobladas asomando bajo las sábanas. Podía ver el inicio del nacimiento de sus nalgas. Era un hombre que exudaba virilidad, incluso dormido.
¿Qué iba a hacer con él?
Recordaba vívidamente sus últimas palabras: «Estaremos juntos. Te lo prometo». Ella no quería esa promesa, no la pidió.
Lo deseaba todo de él… o nada.
No quería simplemente una noche de lujuria en sus brazos, y en ningún momento él le había prometido nada más. Sabía que la deseaba, se lo había dicho y demostrado de muchas formas.
Si cerraba los ojos todavía podía sentir sus manos en su piel, podía oler su aroma a pinos del bosque, sentir sus manos acariciando sus partes más íntimas, el clímax posterior, la ternura de sus brazos rodeándola.
Pero ella necesitaba más, necesitaba la seguridad de sentirse amada.
Lo sintió moverse y despertar. No quería que la pillara mirándolo, así que volteó la cabeza hacia el paisaje de la ventana.
Alex se incorporó en la cama y no la encontró a su lado, apoyando la cabeza en una de sus manos la vio encaramada al alfeizar de la ventana. Se veía tan vulneraba, casi como una niña abrazando sus piernas y apoyando la cabeza en sus rodillas.
Con voz ronca le dijo:
—Anna… ¿estás bien?
Ella lo miró y susurró:
—Mmmm, si.
Con un gesto de la mano, golpeando el colchón al lado de él, le indicó que vuelva a su lado en la cama.
Ella negó con la cabeza y volteó la mirada hacia el horizonte.
«Problemas», pensó él. Cuando creía que todo iba bien entre ellos, ella volvía a encerrarse en su caparazón y levantaba la muralla a su alrededor. ¿Cuántas veces más tendría que derribarla? Nunca en su vida había sido tan paciente con una mujer. Ni siquiera se reconocía a sí mismo.
Se levantó, se puso su albornoz y se dirigió al cuarto de aseo. Cuando volvió ella estaba en la misma posición. Se acercó, se sentó detrás y rodeándola con los brazos le susurró:
—¿Te pasa algo, cielo? ¿Todavía te duele la cabeza?
—No, estoy bien. Solo tengo el estómago revuelto. Ya pasará. —No quería que la abrace, eso la confundía, le hacía olvidar todos sus propósitos y desear algo que sabía que iba a terminar mal.
La tomó de la barbilla y giró su rostro hacia él, le dio un suave beso en los labios.
«Un último beso», pensó ella. Su voluntad se convertía en mantequilla derretida en sus brazos.
Al ver sus labios entreabiertos, como invitándolo, él pasó su lengua a través del orificio. Solo ese pequeño gesto sirvió para sentir que ella se rendía.
En el momento en que su boca tocó la de ella, Anna se olvidó de donde estaban, de lo que era o no era apropiado. Cerró los ojos y solo percibió el masculino y terrenal aroma que emanaba de Alex, la rugosidad de su palma contra su mejilla, el sabor de su boca al separarle los labios con los suyos. El sonido de su propio corazón latiendo, el de ambos.
La levantó sin esfuerzo y la sentó en su regazo, ella levantó las manos para poder tocarlo, la metió dentro de la bata y acarició su pecho desnudo cubierto de suave vello. Ese movimiento pareció hacer estallar algo dentro de Alex, pues un sonido profundo salió de su interior, la rodeó por la cintura y la pegó a él por completo, besándose interminablemente, sus lenguas acariciándose.
Se desataron torpe y rápidamente los nudos de sus batas para poder sentir piel contra piel, suavidad contra dureza. Él se inclinó para besarle el hombro, después siguió con la clavícula, mientras pasaba la yema de sus dedos por sus pezones rosados, jugueteando con ellos. Ella hacía lo mismo, encontró los pezones masculinos, pequeños y duros y dibujó círculos a su alrededor.
Ambos temblaban al sentir el contacto de sus manos. Ella sintió la humedad entre sus piernas, el calor que estaba naciendo allí la sorprendió, pero cuando él se inclinó más y tomó uno de sus botones carnosos en la boca, olvidó todo pensamiento.
Ambos todavía tenían las batas puestas, pero totalmente abiertas por el frente. Él dirigió una de las manos de ella a su entrepierna, y le dijo en un susurro ronco:
—Tócame, amor… necesito sentirte. Necesito sentir tus manos en mí.
Torpemente, ella cerró sus pequeñas manos sobre el duro miembro de él, sintió que se estremecía, lo acarició lenta y tentativamente, sintió la suavidad de su piel, tocó la punta y deslizó sus dedos por toda su longitud.
Mientras ella realizaba su tarea con eficiencia, él deslizó un dedo dentro de ella, sintió que se estremecía y daba un respingo. Estaba tan mojada que pudo meter dos de sus dedos fácilmente en ella. Anna se contrajo y gimió de placer.
Seguían tocándose, él deslizaba sus dedos por los pliegues de los labios inferiores de ella, acariciando su clítoris con expertos movimientos circulares, mientras ella deslizó sus manos curiosas hasta las extrañas bolsas detrás del miembro de Alex y las acarició, luego fue subiendo y bajando las manos por su miembro duro, a punto de explotar.
—Amor, para… —le dijo él en un susurro. —Si continúas voy a terminar aquí, en tus manos. Y deseo estar dentro de ti.
Él volvió a besarla y a darle placer con la lengua en sus senos mientras seguía moviendo un dedo, dos dedos, dentro de ella. Finalmente los sacó y otra vez comenzó a acariciar suavemente con la yema de su húmedo dedo el punto que sabía le proporcionaría el mayor placer. Ella gimió dentro de su boca y él siguió tocándola. Levantó las caderas y se abrió para él. Estaba lista.
Él abandonó su boca y volvió a deslizarse por su cuerpo, besando, lamiendo y mordiendo cada centímetro de su piel mientras su dedo continuaba con su concentrado movimiento.
Y de repente, ocurrió. Anna creyó que iba a morir. Una pura explosión de sensaciones sacudió su cuerpo y gritó de asombro. Se sintió transportada por una ola de intensa pasión que envolvió cada centímetro de su cuerpo.
Alex disfrutó el increíble estremecimiento de su clímax. La mantenía firmemente agarrada en su regazo, a horcajadas frente a él, con su mano todavía entre sus rizos. Anna lanzó un gemido que acabó en un suspiro contenido cuando su estremecimiento hubo remitido.
Acomodándola a un costado, él se levantó del alfeizar de la ventana y la incorporó hacia él, la tomó de ambas manos y la guió hacia la cama.
Al ser la primera vez juntos, quería entrar en ella cómodamente, ver sus cabellos esparcidos por la almohada cuando la penetrara.
Se escucharon sonidos de pasos detrás de la puerta y voces a lo lejos. La casa estaba despertando.
Eso también hizo que ella saliera del trance sensual en el que estaba envuelta. Él se dio cuenta inmediatamente del cambio en sus facciones y maldijo en silencio. Se acercó a ella rápidamente.
Pero ella reaccionó más rápido. Reculó, se cerró el salto de cama y lo anudó fuertemente.
—¡Nooo, Alex! Detente, por favor, —le dijo subiendo una mano entre ellos.
—No me vas a dejar así… ¿no?
—Lo siento, pero no te acerques más, cada vez que me tocas no puedo pensar. Yo ya había decidido que hacer, y apenas me tocaste me olvidé de todo. Yo no quiero esto, mi cuerpo aparentemente sí, pero yo no.
—¿Y qué es lo que tú quieres? —preguntó Alex, cerrándose la bata también.
Ella lo miró, y tragando saliva le dijo:
—Quiero volver a la hacienda, necesito pensar… sola. Ahora.

Continuará...