viernes, 27 de agosto de 2010

Anna - Capítulo 06

Cuando despertó, Anna se sintió desorientada, como con una sensación de vacío que no entendió al principio, luego se dio cuenta que se encontraba sola. Era eso, el calor del cuerpo de Alex ya no estaba a su lado, sintió un escalofrío, pero de todas formas sonrió y se acurrucó entre las sábanas. No podía creer que había dormido con Alex toda la noche.
A pesar de que fue una experiencia hermosa y desconcertante, se prometió a si misma que no permitiría que pasara de nuevo. Ese aspecto de su vida en común lo habían dejado muy claro cuando iniciaron su acuerdo.
Él tenía su vida, sus amantes. Ella no iba a ser una más del montón. No podía permitir que eso ocurriera. 
Pronto iban a divorciarse, obviamente sería un escándalo, pero estaba dispuesta a llegar hasta el final. Seis meses, eso era lo que faltaba para que cada uno siguiera su propio camino.
El testamento de su padre en ningún momento especificaba nada sobre las consecuencias de una separación, un hueco dentro de los planes de los padres de ambos que nadie había previsto. Así fue cómo encontraron la solución a su problema hacía más de un año atrás.
Confiaba en Alex, le demostró con creces que era una persona leal. A pesar de todo, era un hombre muy complejo. Teresa le había pintado como una persona despreocupada, libertina, dado a la buena vida y las malas costumbres. A ella no le cuadraba esa imagen con el Alex que conocía, pero ciertamente se fue enterando de muchas cosas que él había hecho antes de conocerse. E increíblemente, las mismas personas que le contaban, decían que había cambiado mucho desde que se habían casado.
Claro, ahora hacía sus cosas discretamente… ¿tendría una amante fija? ¿cómo sería su vida fuera de la casa y de la oficina? Eran preguntas que Anna siempre se hacía, pero nunca se atrevió a preguntarle a él.
Alex no se metía en su vida. Ella tampoco en la de él.
Todo funcionaba bien, sobre ruedas. Así debía seguir.
Pero no todo funcionaba bien realmente. Su tío ya no estaba con ella. Nadie estaba con ella. No tenía ni un solo pariente en el mundo.
Suspiró y recordó algo que le había escrito Serena en una de sus cartas: «Para ser feliz, debes aprender a querer lo que tienes, y no a tener lo que quieres». Sabias palabras.
Aprendería a amar su realidad. Era una persona afortunada a pesar de todo: tenía un techo donde dormir, comida en su mesa, dinero, amigas que la querían, dos mamás postizas… y un simulacro de marido.
Con otro suspiro, se levantó, se vistió con un color claro, ya que no podía volver a usar luto, tendría que dar explicaciones que no estaba dispuesta a dar.
Decidió que como ya no tenía que cuidar a su tío, iría a partir de ahora todas las mañanas a la oficina. Ya había aprendido bastante sobre el manejo de la empresa. Pero de ahora en más, quería ser parte más activa.
El despacho de su padre, que ahora era suyo, la estaba esperando.
Al llegar, saludó al señor Smith y se dirigió a su oficina directamente. Pero en el camino encontró a su suegro.
—Buen día, suegro. —el señor Constanzo la adoraba, y desde que se habían conocido no le permitía llamarlo «señor», así que adoptó ese título para llamarlo. —¿Cómo está?
—Muy bien, hija… ¿y tú?
—Bien, gracias. Con demasiado tiempo libre, así que vine a ver si de alguna forma puedo ayudarles. Por favor, suegro… dígame que puedo hacer.
—No entiendo a las jóvenes de ahora… —suspiró el viejo Alex— en vez de estar cómodamente en casa bordando, tocando el piano, tomando el té con amigas o criando a los hijos, prefieren venir a ayudar en la oficina… hablando de hijos… ¿Cuándo nos van a dar un nieto?
Anna casi se atraganta con la pregunta.
—Ehhh… yo… no lo sé. —no sabía hacia dónde mirar, así que bajó la vista.
En ese momento hizo su entrada oportuna Alex Junior, como su padre lo llamaba.
—Padre… ¿la estas incomodando? —dijo sonriendo, ya que había escuchado la pregunta. Alex le dio un beso a Anna en la mejilla y apoyó su brazo en el hombro de ella. —para que sepas, viejo… lo estamos intentando. —mintió.
Su padre lanzó una carcajada.
—Más vale que lo hagan, tu madre ya me tiene harta con el tema, aunque no te lo diga a ti. Bueno, sigo con lo mío. Manda a ésta niña a casa, y si se niega, pues bien… enséñale lo que quiera. Todo esto al fin y al cabo es de ustedes dos.
Y se alejó hasta entrar en su despacho.
Alex empujó a Anna hacia el suyo, cerró la puerta, la abrazó y le preguntó:
—¿Estás mejor, amor? ¿Cómo amaneciste? —le levantó la barbilla y le dio un ligero beso en los labios.
Anna se estremeció. En ese momento no podía recordar los propósitos que se había hecho esa misma mañana. Estando en sus brazos se olvidaba de todo.
—Estoy bien, Alex… gracias. De verdad.
—Me alegro, cielo. Escucha, yo tengo que ir al campo esta semana. La época de cosecha está a un paso y debo verificar que todo esté en orden. No quisiera dejarte sola, pero no tengo más remedio. Volveré a tiempo para la fiesta de cumpleaños de la mamá de Teresa, te lo prometo.
—No te preocupes por mí, estaré bien.
—Estoy seguro que si, eres una mujer fuerte e independiente, no lo pongo en duda. Solo quería decirte que a mi vuelta me gustaría que pasemos más tiempo juntos.
—Más tiempo juntos… ¿para qué? —Anna retrocedió y se alejó de él.
No le dio explicación alguna.
—Piénsalo, cielo… hablaremos a mi vuelta. —y dejó el despacho.


Si lo que Alex quería era desconcertarla y mantenerla en vilo, lo había logrado. Anna no dejó de pensar un solo día en esas tres palabras: «más tiempo juntos»
Alex llegó mientras ella se estaba bañando y preparándose para ir al cumpleaños de la mamá de Teresa, según le informó mamá Chela. Siempre cumplía sus promesas. Si había una palabra aparte de adorable, buen mozo, carismático, con buen sentido de humor, seguro de sí mismo, etcétera, etcétera, que podían definir a Alex, esa palabra era: «confiable»
Anna se había mandado a hacer un vestido nuevo para la ocasión, era de color lavanda, con encaje a tono. El corsé también era nuevo, y realzaba sus atributos femeninos. Estaba espléndida.
Fue bajando las escaleras lentamente, Alex la estaba esperando al final.
Se quedó mirándola fijamente, con la misma mirada de esa vez en el parque, cuando todavía no se conocían: penetrante y con lujuria.
Tenía ambos brazos en la espalda, y cuando llegó hasta él, subió las manos y le entregó una rosa roja perfecta.
—Hola cielo, estás magnífica. Como siempre. —y le dio un ligero beso en los labios, como era su costumbre de un tiempo a esta parte. Y como era su costumbre también, ella reculó un poco y se alejó.
—Hola Alex… ¡Gracias! Qué hermoso detalle, —se ruborizó ligeramente, —¿Qué tal el viaje?
Y esa pegunta inició la conversación sobre la cosecha, el campo y los trabajadores, que duró hasta que llegaron al cumpleaños.
Anna decidió disfrutar, porque según lo que le había enseñado la vida y la poca experiencia que tenía, de ella dependía pasarla bien o no. Decidió pasarla bien, más que bien.
Bailó, tomó bastante ponche con champagne, conversó con sus nuevos amigos, rió, y siguió bailando.
—Bueno, ya es hora de que mi esposa me conceda un baile, ¿no crees? —dijo Alex a sus espaldas.
Anna estaba radiante, dio media vuelta, tomó el brazo que su esposo le ofrecía, dejó su copa en la bandeja de un mozo que pasaba y se dirigió a la pista.
Alex la tomó en sus brazos y la apretó contra él, más de lo que socialmente estaba permitido, pero nada importaba esa noche, ella estaba feliz. Subió ambas manos hasta el cuello de Alex y apoyó su cabeza en el hombro de él.
Disfrutaron de la música un rato, en silencio, hasta que él le dijo al oído:
—Estás deslumbrante esta noche, amor… creo que soy la envidia de todos los hombres de este salón de baile.
Anna levantó la cabeza y lo miró a los ojos, estaba más desinhibida que de costumbre, eso la llevó a seguirle el juego y flirtear con él:
—¿Te fijaste en las miradas femeninas, corazón? Todas apuntan a tu trasero.
Alex rió, nunca la había visto así, y menos aún decir algo como eso.
No pudo resistir, y a pesar de que socialmente no era aceptable, rozó los labios de Anna con los suyos y la rodeó completamente con los brazos.
—¡Aaaayyyy, mi pareja favorita! —dijo Ámbar Allegro, interrumpiendo la magia del momento, estaba bailando con su marido al lado de ellos, —¿por qué tú no eres así de romántico y me abrazas de esa forma? —le dijo.
Su marido, amigo de Alex del colegio, lanzó un gruñido y miró a Anna de pies a cabeza, como diciéndole: «tú no eres ella»
Terminó la música y ambas parejas se retiraron a la terraza a tomar aire fresco, Ámbar, una mujer bastante voluptuosa y alegre, —le caía muy bien a Anna, —acaparó totalmente la conversación.
Alex tomó a Anna de la mano y no la soltó. Se apoyó en la baranda que daba al jardín, y la acomodó delante de él, de modo a que su espalda tocaba el pecho de él, y su trasero se adaptaba perfectamente a la entrepierna de Alex, ella sentía su dureza. Él la rodeó con las manos por la cintura. Estaban entre amigos, podía ser cariñoso, y ella no se apartó, eso era una buena señal.
—Bueno, amigos… ¿qué opinan?, —dijo Ámbar.
Los estaban invitando a la finca de la pareja, distante de la capital unos 300 kilómetros, iban a celebrar sus cinco años de matrimonio, en la intimidad, con otros 4 matrimonios, entre ellos los Constanzo.
—Ehhh… Ámbar, yo no creo que podamos ir… —dijo Anna.
Alex vio la oportunidad perfecta para iniciar sus planes de seducción, tenía que convencerla.
—Yo creo que sí deberíamos ir, cielo… —dijo Alex.
—Alex, pero… — volteó ligeramente la cabeza para mirarlo y volvió a mirar a la pareja, con una sonrisa nerviosa, no sabía qué decir, no quería pasar por sobre la autoridad de su marido en público.
Alex le hizo una seña con la mano y los labios a Ámbar, como diciéndole: «déjame a mí, yo la convenzo»
Entonces Ámbar dijo:
—Bueno, les dejamos para que conversen al respecto. Pero esperamos su respuesta antes de que acabe la fiesta, necesitamos organizar todo. Partimos éste jueves que viene, y nos quedamos hasta el martes. No nos fallen, amigos, sólo invitamos a los matrimonios más allegados a nosotros… y tú fuiste nuestro padrino de bodas, Alex… no puedes faltar.
Cuando se alejaban, Alex volteó a Anna hacia él.
—Cielo, necesitas éste viaje. Te hará bien cambiar de aires, pasar cuatro días en el campo con amigos, los conoces a todos, son personas estupendas.
—No lo dudo, Alex, y todos me caen muy bien, especialmente Ámbar… pero sabes cuál es nuestra situación, no tengo que aclarártela, ¿no? Tus amigos nos creen «la pareja perfecta», ¿qué van a pensar de nosotros cuando pidamos cuartos separados?
Él sonrió y la miró con dulzura.
—Puedo soportar dormir contigo, cielo… —ella rió también, la bebida no era una buena consejera en estos momentos, se sentía mareada y acalorada. —ya lo hicimos antes, prometo portarme bien.
Ella lo miró de soslayo y dijo pícaramente:
—Me pregunto que es «bien» para ti.
—Lo que tú quieras que sea, amor… tú mandas. —la tomó de las manos y la acercó a él. —Ven aquí. Te extrañé, ¿sabes?
—Estás muy raro, Alex.
—Bueno, yo creo que por fin estoy cuerdo… dime, —le dijo acariciándole los brazos —¿vamos a ir?
—¿Y la cosecha, no dijiste que estábamos sobre la hora?
—¿Para qué crees que fui al campo? Ya verifiqué todo, cielo… puedo tomarme estos días. No hay problema. Y los problemas que puedan surgir aquí los puede resolver papá. Sólo son unos pocos días, con el fin de semana de por medio… ¿Tienes alguna otra excusa que inventar?
Ella suspiró y dijo:
—No, no tengo… además, creo que lo último que Ámbar dijo definió bastante la situación, ¿no crees? Fuiste su padrino de bodas… no puedes faltar. —Debo estar loca, pensó, debe ser la bebida —y yo, como tu esposa, no tengo ninguna excusa para no acompañarte.
—Así se habla. Vamos a pasarla bien, cielo… te lo prometo. Y vas a olvidar de todo lo que te pasó en estos días. Vas a olvidarlo.
Anna no entendió a que se refería hasta mucho tiempo después, cuando estaba en la intimidad de su dormitorio y rememoró de nuevo todo lo que había ocurrido esa noche.
Iba a viajar con Alex… iba a compartir su misma habitación durante cinco días con sus noches. Pero era Alex, el era «confiable», nunca le había fallado hasta ahora. Podía fiarse de él, dijo que ella estaba al mando. Perfecto.
Y con ese pensamiento se durmió, abrazando la almohada, como todas las noches, abrazando a un pobre sustituto de quien ella realmente quería que fuera.
Continuará...

Anna - Capítulo 05


Un año y medio después…

—¡Ay, Tere, maldita mi suerte! —le dijo Anna a su amiga. —¿Por qué todos a los que amo tienen que abandonarme? ¿Tengo alguna maldición o qué?
—No tengo respuesta a tu pregunta, amiga… lo siento, quisiera poder ayudarte.
—Y lo haces, gracias por estar conmigo, Teresa. No sé qué haría sin ti.

Muchas cosas habían pasado en un año y medio transcurridos desde esa conversación en el despacho de Alex. Demasiadas cosas. Estaba con los nervios de punta, alterada, ansiosa.
En respuesta a la carta que había enviado a su tío esa vez, llegó otra informándole que estaba enfermo, que no podía acudir en su ayuda. A partir de eso, fue Anna la que hacía viajes constantes ida y vuelta con mamá Chela para visitar y cuidarlo. Él no quería preocuparla, pero ella se daba cuenta que no estaba bien.
Debido al mutismo de su tío, increpó al médico a que le diga la verdad. No le había dado muchas esperanzas, a su querido tío no le quedaba mucho tiempo de vida. Y ahora, un año y medio después, su «vida prestada» —como decía el médico, que no pensó que sobreviviría tanto— se estaba apagando lentamente.
La enfermedad ya le había consumido por completo. Hacía unos cuatro meses que Anna lo había trasladado a la capital, y lo cuidaba personalmente.
Alex, su marido ahora… —¡Cada vez que lo decía no podía creerlo!— no sabía nada de la existencia del tío de Anna.
Cuando tuvieron esa importante conversación en el despacho de Alex, ambos habían puesto todas sus cartas sobre la mesa, analizaron los pro y los contras de ese matrimonio como si fuera un contrato de negocio.
Llegaron a la conclusión que a ambos les beneficiaba, siempre que entre ellos se cumplieran ciertas reglas. Las enumeraron, la tacharon, incluyeron otras, hicieron una lista y llegaron a un acuerdo beneficioso para ambos.
Se casarían, pero sería un matrimonio solo de nombre, cada uno podía hacer su vida independiente del otro. A ambos eso le daría la libertad que necesitaban. Ella, al ser una mujer casada tendría la libertad de moverse por la vida a su antojo, y él al estar casado dejarían de presionarlo para que lo haga, las viejas casamenteras ya no se fijarían en él, incluida su madre.
La mayor regla era: la discreción. Debería haber respeto entre ellos por sobre todas las cosas.
Ella tendría el control de sus bienes, aunque le dejaría a él las decisiones referentes a la empresa, aunque dejó claro que le gustaría aprender todo lo que pudiera, para algún día poder ayudarlo. A él le causó gracia esa regla, pero la aceptó, creyendo que no la cumpliría.
Se casaron pocas semanas después, en una hermosa ceremonia en la Catedral. Solo asistieron los parientes y amigos más cercanos, pero eso hizo la unión aún más íntima y solemne.
Fue allí, al terminar la ceremonia, con las palabras del sacerdote: «…puede besar a la novia», cuando Ana recibió el primer beso de Alex. Aunque fue solo un ligero roce entre labios, ella se sintió desfallecer.
Decidieron vivir en la casona de Anna, y a partir de allí se creó entre ellos una inusual camaradería, al principio se sentía incómoda al tenerlo cerca, saltaban chispas entre ellos cada vez que se veían. Huía de él siempre que podía. Ella notó que él quería acercarse a ella, pero la situación estaba clara; mejor evitar las complicaciones. Tenían un acuerdo perfecto.
Alex tenía una mente muy abierta, se podría decir que se había adelantado a su tiempo, en eso era muy parecidos, y eso hacía que las cosas entre ellos fueran más fáciles.
Para Anna no estaba muy claro que había sucedido, pero Alex llegó a la conclusión de que los constantes viajes de ella se debían a un amante clandestino que tenía, y ella no lo sacó de su error: «si él podía tener amantes, ¿por qué ella no?»…
Acudían a las reuniones sociales siempre que fuera estrictamente necesario, la gente los veía como «el matrimonio perfecto». En esas ocasiones, Alex no la dejaba sola ni un minuto a pedido de ella, y la tocaba siempre que podía: una mano en la cintura, o apoyada en su hombro, la tomaba del brazo mientras caminaban, a veces hasta le daba un casto beso en la mejilla frente a otras personas. Y siempre la miraba, eso la turbaba. Su mirada era penetrante; ella se perdía en esa mirada.

—Aquí estaré siempre que me necesites, amiga. —le dijo Tere.
—Lo sé, gracias… no sé qué haría sin ti. Pronto voy a quedarme totalmente sola en el mundo.
—No digas tonterías, me tienes a mí, a Sere, a tía Sofi, a mamá Chela, a Petri, muchos amigos que hiciste durante este tiempo que estás viviendo en la capital, y lo que es más importante: lo tienes a Alex, es tu marido. Deberías confiar en él.
—Solo a medias, Tere… sabes cuál es la situación entre nosotros, tú y Sere son las únicas que lo saben. Y para colmo, él cree que tío Ernesto es mi amante, no sé muy bien cuando o cómo llegó a esa conclusión, pero no lo desmentí. Es una buena protección contra sus encantos.
—Anna, creo que a veces estás tan ciega, ese hombre está embobado contigo. Si vieras cómo te mira cuando no lo ves… ojalá alguien me mirara así, creo que me derretiría en el intento.
—No digas tonterías, Tere… tú misma sabes que es un mujeriego, me lo dijiste, me advertiste antes de casarme. ¿Por qué habría de cambiar ahora?
—Bueno, desde que se casaron no he oído nada sobre él. Se porta como un marido ejemplar.
—Eso es solo en apariencias, amiga… es el acuerdo al que llegamos. Respeto y discreción.
—Si tú lo dices… —dijo su amiga suspirando.
En eso llegó el objeto de su conversación, con paso elegante y decidido se acercó a ellas, las saludó y le dio un ligero beso en la mejilla a Anna, diciendo:
—Cielo, ¿ya estás lista?
—Sí, Alex… estamos listas. Tere nos acompañará.
—Me alegro, dos mujeres hermosas a mi cuidado. Un placer inusual.  Mis queridas damas, soy todo de ustedes. —les dijo pícaramente, ofreciéndoles un brazo a cada una.
Ambas rieron como tontas y lo acompañaron, orgullosas de ir del brazo de tan atento caballero.


Pero su alegría no duró mucho. El tío Ernesto murió tres días después. Serena vino a acompañar a su amiga en éste triste momento. Alex estaba de viaje, por lo que no se llegó a enterar de nada hasta su vuelta.
Al ingresar a la casona sintió que algo estaba mal. Todo estaba muy silencioso. El carruaje de Teresa estaba en la puerta, con el cochero esperando. No se las veía por ningún lado, y ya era bastante tarde.
Las tres amigas estaban en el dormitorio de Anna tratando de consolarla. El entierro había sido esa tarde, y ella ni siquiera podría vestirse de luto por su tío, ya que no existía explicación alguna para vestir de negro. La ceremonia fue sencilla y solo asistieron las tres amigas, mamá Chela, la enfermera que lo había cuidado y los criados del tío Ernesto que lo acompañaron hasta la capital.
Alex avanzó por el pasillo que llevaba a los dormitorios y se acercó a la puerta de Anna. Escuchó sollozos desconsolados.
No tenía derecho a interrumpir… «¡Mierda, por supuesto que tenía todo el derecho del mundo! Era su marido…» así que tocó a la puerta suavemente.
 Teresa asomó en la puerta, con el rostro desencajado.
—¡Alex! Qué bueno que llegaste…
—¿Qué ocurre Teresa? —vio a Anna abrazada a Serena, sollozando y desesperó— ¿Qué le pasó a Anna?
—Pasa, Alex… te necesita en estos momentos, —fue toda la explicación que Teresa le dio.
Alex entró a la habitación y vio a Anna con los ojos llenos de tristeza, rojos de tanto llorar, y se le partió el corazón. Llevaba puesto su camisón, y parecía casi una niña, desvalida y solitaria.
Se acercó a la cama. Anna abrió mucho los ojos al verlo, nunca antes había entrado a su habitación. Teresa hizo una seña a Serena para que se apartara, y Alex aprovechó y se sentó en la cama al lado de Anna, la tomó de la mano y dulcemente le preguntó:
—Cielo, ¿qué te pasa? ¿qué ocurre? ¿por qué estás llorando?
Anna levantó la vista y lo miró con los ojos entornados, miró luego a sus amigas, como pidiéndoles auxilio.
Pero Teresa, a pesar de ser la más joven de todas, era la más despierta  e intuitiva. Tomó a Serena del codo y dijo:
 —Anna, tenemos que irnos, estás en buena compañía ahora. Yo vendré mañana temprano. Fuerza, amiga.
—Eh… yo… —Titubeó Serena.
Pero su amiga no le permitió decir nada y prácticamente la arrastró fuera de la habitación.
«Una joven sensata» —pensó Alex. Sabía que en Teresa tenía una aliada. Se volvió hacia Anna:
—Cielo, contéstame por favor. No puedo verte así. Puedes confiar en mí. Aparte de ser tu esposo, somos amigos, ¿no? —al ver que ella solo lo miraba con esos grandes ojos verdes llenos de tristeza, le dijo: —Quiero ayudarte, corazón. Sabes que puedes contar conmigo siempre… confía en mi.
Solo pudo decir en un susurro:
—Alex, abrázame…
Y él la tomó en sus brazos, ella apoyó la cabeza en su hombro y sollozó. Él rodeó su cuerpo tembloroso con sus manos y la acunó hasta que los sollozos se convirtieron en un constante hipido.
—¿Estás más tranquila, cielo?
—Sí… —respiró profundamente, —Gracias Alex…
—Cuéntame, ¿qué te pasa?
Y sin querer, sintiéndose segura en sus brazos, le dijo:
—Me he quedado sola, Alex… no tengo a nadie en el mundo. —le dijo, un poco más calmada.
—¿A qué te refieres? Yo vi a tres personas esta noche contigo, incluyéndome, ¿cómo puedes decir que estás sola? Nosotros estaremos contigo, Anna… siempre.
—No, no puedes asegurarme eso… todas las personas que he amado en la vida se fueron, me abandonaron. Y ahora también él me abandonó, para siempre… sniff.
«¿Él? ¿De quién hablaba?» —pensó Alex —debía referirse al «viejo» con el que salía. Una vez la había visto bajar de un carro en la que ella estaba. Le dio nauseas pensar que ese hombre podía tocarla, y sintió una enorme rabia crecer en él. Pero sabía que no podía hacer nada. Habían llegado a un acuerdo y tenía que respetarlo.
La abrazaba con ternura, masajeándole la espalda suavemente, casi podía sentir su piel debajo del camisón tan fino. Pero no debía pensar en eso ahora, no era el momento. Solo tenía que consolarla, estar con ella, apoyarla.
—Cielo, no creo que ese hombre merezca tus lágrimas. —en ningún momento se le ocurrió que ella se refería a que había muerto, pensó que solo la abandonó. —Tranquilízate, amor…
En ese momento entró mamá Chela, y se quedó parada en el umbral de la puerta, sin saber qué hacer. Nunca había visto al señor Alex en la habitación de Anna, menos aún abrazados tan íntimamente.
—Perdón, señor Alex… yo…
—Mamá Chela, por favor, ¿puedes traerle un té  de tilo? Necesita tranquilizarse.
—Tengo algo mejor que eso, señor… se lo traeré inmediatamente.
—Gracias.
Anna seguía abrazada a él, con la cabeza apoyada en su hombro. Él le levantó la barbilla y se miraron. Le dio un ligero beso en la frente y en la nariz, le apoyó la cabeza en su pecho y volvió a abrazarla, acariciarle la espalda y acunarla con dulzura.
Enseguida mamá Chela le trajo el té.
—Puedes retirarte, mamá Chela. Yo la acompaño hasta que se duerma.
—Señor Alex, creo que…
Alex le interrumpió:
—Soy su esposo, tengo derecho a estar aquí. Puedes retirarte. —le dijo suavemente, pero con firmeza.
Se aseguró de que tomara hasta la última gota del té y la arropó en la cama. Anna tenía la punta de la nariz roja de tanto llanto. Pero él la veía adorable. ¡Dios, era tan hermosa! Le acarició el pelo con suavidad, le tocó la mejilla y se apartó un poco de ella.
—Alex… —dijo Anna casi en un susurro.
—¿Sí, cielo?
—No me dejes…
—Me quedaré hasta que te duermas, amor… no te preocupes. Hazme un lugarcito, me acostaré a tu lado.
Se quitó las botas y la chaqueta rápidamente y se acostó a su lado.
La atrajo hacia él y la abrazó. Anna enterró la cara en el cuello de Alex y absorbió su fresco aroma. Era la gloria estar así en sus brazos, en ese abrazo tan íntimo, podía sentir su calor atravesar el fino tejido de su camisón, podía sentir todos sus músculos… y era maravilloso.
Esa noche no tenía que inventarse una historia para dormir. Esa noche su fantasía de carne y hueso compartía su cama… y la abrazaba, le daba ligeros besos en la frente, nariz y comisura de los labios. Le susurraba palabras tranquilizadoras.
Hasta que se rindió al sueño.
Él sintió el momento en que su respiración se volvió regular.
Pensó en que había hecho todo mal con ella. Sus planes eran diferentes al principio. Él pretendía seducirla y hacerla su esposa en todo el sentido de la palabra, pero ella nunca permitió que se acercara lo suficiente.
Cada día a su lado había sido una tortura a sus sentidos. Saberla tan cerca y no poder avanzar.
Con esos pensamientos, se hizo una promesa a sí mismo:
«Voy a conseguir que me ames, Anna… tanto como te amo yo»

Continuará...