lunes, 16 de agosto de 2010

Anna - Capítulo 01

Un año y medio antes…


—¡Mierda, mierda, mierda!
—¡Anna Sabater! Se supone que una dama no debe decir ese tipo  de obscenidades… —replicó Serena riendo en su interior.
—Serena, mi querida amiga, vete a la mierda tu también, —contestó Anna con toda la rabia que sentía en su interior —peores cosas has escuchado salir de mi boca, no tengo motivos para controlar mi lengua contigo… lo único que me faltaba. Estoy furiosa, realmente furiosa.


Anna y Serena se habían criado prácticamente juntas, las haciendas donde vivían eran vecinas de toda la vida. Ambas eran hijas únicas de dos poderosas familias dedicadas al cultivo de soja en la época de la colonia en alguna remota ciudad en Sudamérica.
A diferencia de Serena que hasta la fecha conservaba a ambos padres viviendo juntos y en armonía, Anna se había quedado huérfana de madre a la edad de 5 años, y fue criada por su padre, un terrateniente de carácter áspero y rudo, poco dado a las muestras de afecto en público, pero que adoraba a su única hija, fruto del matrimonio con la mujer que amó desde adolescente y que había muerto de disentería trece años antes.
Si bien Anna era un año menor que Serena, su carácter dominante e independiente la hizo ser siempre la cabecilla de todas las travesuras infantiles y adolescentes. Y como su padre viajaba constantemente a la capital para llevar a cabo sus negocios, Anna poseía una libertad inusual en una niña, ya que su niñera, la bondadosa Mamá Chela, solo podía controlarla a medias.
Y así fue creciendo, libre, feliz y caprichosa, haciendo lo que se le antojaba, pero siempre bajo los cuidadosos ojos de la madre de Serena, la señora Ruthia, a la que Anna llamaba cariñosamente tía Sofi, y a la que consideraba como una madre.
Guillermo Sabater, el padre de Anna nunca volvió a casarse, a pesar de que contaba con muchas admiradoras ya que era un hombre alto, elegante y bien parecido, pero ninguna mujer logró llegar a traspasar el alto muro que él mismo había creado a su alrededor. La única que lograba acercarse a él y cambiar su aspecto serio era su hija.
Cuando Anna terminó sus estudios, convenció a su padre, con mucho esfuerzo y dotes de persuasión, que le permitiera hacer un viaje a Europa «para absorber otras culturas y adquirir conocimientos», ya que al ser mujer no se le permitía ingresar a la universidad.
Con reticencia, Don Guillermo aceptó —no había nada que pudiera negarle a su adorada hija— bajo la condición de que fuera con mamá Chela y su tío Ernesto, hermano de su padre y único pariente vivo sin descendencia, quién accedió gustoso a hacerse cargo de su sobrina y mostrarle «un poco de mundo», como ella quería.
Y fue allí, recorriendo el Palacio de Versalles, el Big Ben y la Plaza de San Marcos con su adorado tío Ernesto, donde la mala noticia los había encontrado.
Su padre había tenido un accidente y estaba muy grave. El golpe que había sufrido en la cabeza le había causado una hemorragia cerebral que le había paralizado la mitad del cuerpo y los médicos no sabían si podía soportar mucho tiempo más.
Una semana, solo una semana vivió Don Guillermo bajo los cuidados de Anna una vez que ésta volvió de su viaje.
Y de eso ya hacía un mes…
Anna no sabía cuál sería su destino, ¿Qué haría ahora?
Maldijo el hecho de no haberse interesado más en los negocios de su padre cuando vivía, —siempre egoísta, como buena hija única, pensando solo en ella y creyendo que su padre sería eterno— no tenía idea de qué era lo que él hacía en la capital en sus largos viajes de negocios.
Pero el señor Álvarez, abogado de su padre, se encargó de sacarla de la duda.
Hizo su aparición hacía dos días, con su impecable traje azul, su maletín de cuero, su sombrero ladeado y su enorme bigote, anunciando que era portador del testamento de su padre.


—Tranquila, Anna, —le dijo Serena —tiene que haber una solución, no puede ser que te obliguen a casarte con un hombre al que no conoces.
—Ni que estuviéramos en la Edad Media, Serena… esto es insólito.
—Bueno, amiga… no es tan insólito, hay muchos matrimonios que se pactan de éste forma, incluso que se acuerdan al nacer, por cuestión de intereses, ya sabes…
—¡Pero papá nunca me habló de esto! ¿Cómo puede ser posible? ¿Cómo te sentirías tú si un día tus padres te obligasen a casarte con alguien que no conoces? ¿Ah? Dímelo…
—Como el orto… —susurró Serena quedamente, bajando la cabeza.
Y a pesar de todo, Anna no pudo evitar una pequeña sonrisa triste. Su amiga no era muy proclive a decir malas palabras.
—La solución es que viaje a la capital y enfrente a ese «bastardo desgraciado»… —miró a su amiga fijamente y continuó: —y tú tienes que acompañarme, Serena. No puedo hacer esto sola. ¿Crees que tía Sofi te deje ir conmigo y Mamá Chela?
—¿Bromeas? —soltó una carcajada —ella va a ser la primera en preparar las maletas para ir con nosotras, ya la conoces.
—Pues bien, vamos a hablar con ella y aprovecharemos que el señor Álvarez viaja mañana para pedirle que organice nuestra estadía en la casa de la capital. ¡Dios! Hace años que no voy…



Y así fue como cuatro mujeres de luto y medio luto, emprendieron el viaje, cada una con un objetivo diferente.
El de Anna: demostrarle al bastardo desgraciado que quería casarse con ella que no le iba a ser fácil dominarla.
El de Serena: como siempre tan bondadosa, pensaba sólo en ayudar a su amiga y de paso ver si podía conseguir buenos libros.
El de Doña Sofía: tratar de conseguir un buen marido para su hija, apuesto y si es posible, rico.
Y el de mamá Chela: cuidar de las tres anteriores. ¡Vaya que la iban a necesitar!
Llegaron a la capital a media tarde, sin mayores problemas, luego de nueve horas de viaje y se instalaron en la enorme casona que ahora pertenecía a Anna, ubicada en uno de los barrios más caros de la ciudad. La casa estaba ubicada frente a un hermoso parque lleno de árboles y flores, que a su vez daba a una laguna artificial donde se veían a lo lejos a cisnes y patos nadando despreocupadamente.
Como era verano, el parque se veía bullicioso de actividad, había niños jugando, parejas caminando tomados de los brazos, ancianos tomando sol, todos impecablemente vestidos, como correspondía a la alta sociedad citadina.
Solo pudieron echarle un vistazo fugaz al parque, porque apenas llegaron, una matrona de cabellos canos recogidos con una pañoleta y amplias faldas levantadas a cada lado corría apresurada hacia ellas para darles la bienvenida.
—¡Niña Annaaaa! ¡Mi niña hermosa! ¿Cómo está? Tanto tiempo sin verlaaaaa… —la vieja ama de llaves casi tropieza con un transeúnte en su camino a recibir a la joven a quien no veía hacía como tres largos años.
—¡Petrona! Mi querida Petri… —se dieron un cálido abrazo, la cabeza de la vieja ama de llaves apenas llegaba a la altura del pecho de Anna. —te extrañé mucho, Petri.
—Yo más, mi niña… mucho más. Siento mucho lo de Don Guillermo, no se imagina cuánto. —dijo casi sollozando. —Se lo va a extrañar mucho por aquí.
—Lo sé, Petri… pero bueno, así son las cosas —dijo Anna, con más valentía de la que era capaz de sentir, sabía lo mucho que el ama de llaves había cuidado a su padre y cómo lo apreciaba. —Estamos muy cansadas por el viaje, queremos instalarnos, darnos un buen baño, cenar y descansar hasta mañana, ¿Puedes encargarte?
—Por supuesto, mi niña… adelante, pasen —dijo, saludando amablemente a Doña Sofi y a Serena, a quienes ya conocía de viajes anteriores. Y solo dando un ligero saludo con la cabeza hacia Mamá Chela. Ambas mujeres no se llevaban muy bien, ya que sus roles chocaban en una sola casa.
La casona le traía hermosos recuerdos a Anna, en el acceso tenía un zaguán que se abría hacia un patio interior. Era una construcción de estilo colonial, de dos plantas con forma de “O” cuadrada, la planta baja la ocupaban los salones, la cocina y el área de servicio y la planta alta estaba destinada a los dormitorios y áreas íntimas. Los ambientes, al ser altos, eran muy frescos, todo rodeado de galerías que cumplían la función de circulación y  no permitían que la fuerte luz del sol penetrase en las habitaciones.
Estaba pintado con llamativos colores y las enredaderas cubrían los pilares y balcones con balaustres que daban al patio. Muy pintoresco, lleno de luz y calidez. Justo lo que necesitaba para apaciguar un poco la inmensa tristeza que cobijaba su corazón.
Continuará...

2 comentarios:

Mayte dijo...

Hola GraPe me encanto la sigo a ver que pasa saludos

Jessica dijo...

Una historia muy fresca!
Gracias por compartirla nena y espero que a esta historia sigan muchas más...

Publicar un comentario